(Artículo de Marco Antonio Santana Suárez)El disléxico cabalga solo. No es que no le guste estar con otras personas, sino que, la mayoría, no suelen tener, ni paciencia, ni ganas de estar con él. Así es la realidad. Lo normal, es que le despachen con un simple y apresurado: “Haber estudiado más”. Acto, que lo relega a los límites de la marginalidad, pues, es demasiado listo para ser “estúpido” y se siente demasiado estúpido para ser “listo”. De ese modo, este viajero accidental, se convierte en un “llanero solitario”, que cabalga en tierra de nadie, esquivando burlas y comentarios despectivos (de listos por un lado y de estúpidos por otro) con suma resignación.
Desde que tengo uso de razón he arrastrado esa pesada carga. Recuerdo, que, en el primer colegio en el que estuve, me mantuvieron en Párvulo, más tiempo del estipulado, por la pereza que les suponía tener que orientar a un niño que solo requería un enfoque diferente de los conocimientos a asimilar.
El caso, es que, los supuestos “Docentes” de ese centro, por increíble que parezca, se dejaron ir, la friolera de dieciocho largos meses. Cuando se percataron de su desastroso despiste, de que me habían dejado abandonado en el aula de Parvulario por pura ineptitud, se apresuraron a subsanar el “despiste” incorporándome, con carácter inmediato, en el Aula de 2º de EGB.

(Entiéndase, que yo, en todo ese tiempo, solo había realizado actividades propias de Párvulo. Es más, estos individuos, me incorporaron en el Aula de 2º a principios del tercer trimestre, por lo que podréis imaginar las desastrosas consecuencias).
El mismo día de mi incorporación, la “Docente”, me envió a la pizarra, junto con otros niños, para que realizara una sencilla división. Todos la hicieron, menos yo. Estaba aterrado, no sabía que debía hacer, nadie me lo había explicado.
Como es lógico, me eternice ante la pizarra observando la división, quizá, esperando que, por gracia divina, el conocimiento se depositara en mí. Cosa que no pasó.
La “Docente”, perturbadoramente molesta por mi falta de colaboración, cogió un palo, (que, en un tiempo, había formado parte de una silla) y sin mediar palabra, comenzó a asestarme golpes con él, mientras repetía al compás: - Divide, divide, divide…
Pues no, ese día no aprendí a dividir. Ahora bien, la idea de que la figura del profesor era sinónimo de castigo, quedo resonando en mis cavidades neuronales el resto de mi etapa escolar. Ese suceso, me convirtió en un niño que no confiaba en los profesores. Un niño, que aprendió a huir de ellos, a evitarlos a toda costa. Que jamás levanto la mano para hacer una pregunta por miedo a las consecuencias. Un niño, con un único objetivo, no llamar la atención, pasar desapercibido, no destacar, para no atraer la atención sobre si mismo. Que no reparasen en mí, se convirtió en mi única y constante prioridad.